Todo cambia, nada cambia

Por el Consejo Asesor de los Premios ETER

Reflexionar hoy sobre la radio significa hacerlo respecto de una de las etapas más desafiantes que haya habido en toda su historia. Hay particularidades locales y otras que muestran los dientes como fenómeno universal.

El antecedente más cercano se encuentra entre los años 50 y 60, al presumirse que la irrupción televisiva podía ser una amenaza terminal para la entonces cuarentona. Sin embargo, se masificó el transistor y la radio se hizo chiquita y portátil. Ese rejuvenecimiento no sólo fue tecnológico sino también de contenidos, porque quedó dotada de una velocidad de transmisión que, a la vez, le permitió convertirse en el medio de instantaneidad informativa por excelencia. Aquella intimidación que sufrió por parte de la tele podría equipararse, tranquilamente, con la que enfrenta ahora ante los dispositivos múltiples de consumo, la excitación que implican esos mecanismos y el hecho de que nuestra amiga ya no es la más rápida, entre otros apremios que se describen en esta sección del diario dedicada a ella. Eso influye y empalma con la situación dramática que se vive entre nosotros. Emisoras sumergidas en inestabilidad laboral, medidas de fuerza, una suerte de limbo legal gracias a la liquidación de la ley de medios audiovisuales que tanto costó conseguir y, al cabo, enorme incertidumbre sobre el futuro de corto y mediano plazo. Hasta cerró Radio América. En enorme medida, ese presente y panorama se deben al aventurerismo ­siendo suaves­ de empresarios que ni eran ni son del medio, que lo usaron como coto de otros negocios y que, como de costumbre, al momento de las dificultades descargan su irresponsabilidad sobre los trabajadores. Para peor, y justamente como en el episodio de la AM 1190, aparecen con promesas de ser tabla salvadora algunos personajes impresentables, cual si la rueda debiera seguir girando en la misma dirección. Se suma la crisis económica, que reduce todavía más los ingresos publicitarios. Está lejos de ser un escenario que afecte solamente a la radiofonía, porque también alcanza a los principales canales de televisión abierta y a numerosos medios gráficos de todo el país. En la radio sobresale porque, además de las andanzas empresariales manifiestas, siempre fue el negocio más chico (y por eso el más libre, ya que su cantidad de emisoras y espacios, a más de su baratura tecnológica, multiplica voces difíciles de controlar).

!*CORTE*!

Los desquicios patronales, una porción escasa de la torta publicitaria y el contexto económico no son, con mucho, la única causa del desafío impuesto. Pensar la radio hoy, en Argentina y casi donde sea, conlleva tomar nota de que su recepción antes exclusiva ­ la escucha por aire­ cede terreno a pasos gigantes en favor de lo rápidamente enunciado líneas atrás. Los smartphones, las posibilidades de audición diferida, la narrativa transmedia que articula sonido e imagen, sitios web que alojan todo tipo de producciones, atienden un cuadro expandido de consumo on demand con posibilidades ilimitadas. El aparato tradicional está en terapia intermedia. Ni tan grave como pasarlo ya mismo a intensiva, ni menos que menos con pronóstico de que pueda recuperarse. Pero para bailar el tango hacen falta dos. Y eso quiere decir que a los provocativos modos de receptar deben corresponderse ¿osadas, a esta altura? decisiones de emitir, que aprovechen, con ingenio y asunción de riesgos, la revolución permanente del mundo tecnológico. A la hora de diseñar e implementar estrategias de penetración y publicidad, ¿los sectores empresarios ya se desayunaron con la oferta múltiple que disparan las vías de llegada, desde la radio pero en varias direcciones? ¿O siguen durmiendo en medio de portátiles? Las etapas de crisis, en el sentido más amplio de la palabra y tránsfugas aparte, son, de mínima, para fugar hacia delante. No parece que ése sea, aún, el ánimo de quienes tienen los recursos para hacerlo. Para abundar, ni hablarles de eventualidades como la digitalización radiofónica que, desde ya, tampoco cuenta con la curiosidad de un Estado sólo diligente para acabar con las conquistas democráticas de la ley mediática descabezada. También por cierto, y volviendo a la figura del tango que necesita dos, los retos de la escena tecnológica involucran a los actores que hacen la radio desde sus micrófonos cualesquiera. En el medio tradicional y, sobre todo, en los que se pretenden alternativos, por aire o web, hay falta de audacias mayores. Es lo que se menta como la “crisis creativa” de la radio en general.

!*CORTE*!

Ese último aspecto conduce a preguntarnos, al fin, de qué hablamos, en esencia, cuando lo hacemos sobre los problemas que afronta la nonagenaria. Y es que, sumergidos en los válidos interrogantes de la parafernalia tecnológica, corremos el peligro de discutir exclusivamente sobre soportes. Será entonces cuando perdamos de vista que lo determinante son los contenidos que circulan por allí. Uno de los pronósticos algo apocalípticos acerca del futuro radiofónico, en especial respecto de las FM, es que el a demanda de Spotify ahorca las programaciones musicales de la radio convencional. ¿Sí? ¿Por obra y gracia de un delivery con millones de canciones, y playlists “para cada estado de ánimo”, y colecciones que se pueden armar a gusto, desaparece y chau la seducción de un buen locutor, y el programador que le da sentido a una grilla, y el operador que es un mago empalmando acordes y proveyendo los dibujos sonoros, y el productor que genera lo diferente porque sabe buscar lo que un consumidor excitado nunca encontrará? ¿Solamente quedará la robotización sonora? ¿No es más sensato pensar, en todo caso, en la segmentación de las audiencias que buscarán especificidad con calidad de carne y hueso, y en esquemas de servicios noticiosos que deberán meter plus contra la vorágine mayorista de la información? Más una advertencia que no es al pasar, frente a la visión excesivamente industriosa y urbana: el papel que juegan las radios comunitarias en zonas alejadas donde protagonizan vínculos de pertenencia. Otro tanto con las emisoras universitarias, que trabajan una agenda diferente de intereses. De muy buena parte de todo eso da cuenta esta producción periodística, que el Consejo Asesor de los Premios de la Radio encaró con la seguridad de que aporta a un debate que falta; y que lo que pueda faltar, en estas páginas, no significa que algo sobre.

La radio es el único medio de comunicación, absolutamente el único, en que sólo interviene el sentido del oído. Una obviedad que todos sienten y en la que nadie repara. En el oído ése, hasta donde se sabe, lo que entra profundo no son los soportes tecnológicos. Penetran quienes saben usarlos con algo para decir, en palabras, música, silencios y climas puestos como corresponde. Y sintiendo que lo hacen para mí. Todo lo demás es de los que siguen pronosticando la muerte de la radio.

(Consejo Asesor de los Premios de la Radio: Eduardo Aliverti, Gisela Busaniche, Charly Cacaviello, Valeria Delgado, Mario Giorgi, Julio Leiva, Mario Portugal, Emanuel Respighi, Lucas Ribaudo, Agustín Tealdo, Claudio Canullán y Carlos Ulanovsky).

Nota publicada en la Edición del Suplemento Espectáculo del Diario Página/12 del día SÁBADO 27 de Agosto de 2016.